6 Julio 2008
Hordas humanas. Llevo un fin de semana sintiéndome un punto entre la muchedumbre. Decenas de miles de personas de festival. Al parque temático montado "in the middle of nowhere", allá por el kilómetro 35 de la carretera de Valencia, en Arganda.
Y hasta Arganda nos desplazamos todos. El primer día en autobús, tras una cola que daba la vuelta al Bernabeu y el segundo, tras el escarmiento, en coche. Y llegamos a esa especie de Expo argandina. En lugar de países teníamos marcas, compañías y merchandising. Cientos de miles de personas mecidas por la música y por tanto, receptivas a cualquier estímulo comprador. Allí estaban todos, el Ibex 35 al completo. Telefónica y su carpa vip Movistar. Entradas Vip que costaban una pasta y eran la "putada" mundial. Mucho más lejos que nadie para ver el escenario principal, un montón de "elegidos" se agolpaban contra una barandilla, mientras los mundanos campábamos a nuestras anchas por una pradera de césped artificial, que fue un gran acierto y permitía pic-nics varios. Endesa y sus coches eléctricos nos invitaron al segundo día de concierto. Gracias Endesa. Phillips movía azafatas en "culotte" en vehículos a dos ruedas, de esos que de vez en cuando se ven por el centro de la ciudad llevados por pandillas de guiris intrépidos. L'Oreal, por lo visto, era una batalla para ser maquillada y despedir glamour mientras caminabas con una cerveza en vaso de plástico adquirida a un "mochilaman" con grifo incorporado. Telepizza se convirtió en el manjar más preciado, si atendemos a la demanda y a la escasez de oferta comparable con los percebes o el caviar en el mundo real. El Corte Inglés regaló las bolsas del verano y Control casaba en su capilla a parejas que se perdían los conciertos por una foto. Toyota sí me dio envidia, con una tirolina que pasaba de punta a punta del escenario, pero con colas kilométricas que, por supuesto, yo no estoy dispuesta a aguantar.
Los pabellones de países, fueron sustituidos por marcas en esta Expo de la música, en teoría, con un componente ético, un leit motiv ecológico que no pude percibir por ninguna parte, aunque todavía espero entender en los próximos días. Una pista de snowboard, se convertía en la mayor ironía de un festival en la que el tiempo acompañó, con un clima especialmente benévolo para lo que podría ser una llanura madrileña en pleno Julio.
Y en lo que a música se refiere, nos supieron a poco varios conciertos. La acústica y el escenario principal eran impresionantes. Las dimensiones tan grandes, que los artistas eran un punto en el horizonte y las pantallas gigantes el verdadero foco visual. Llegó y tocó Amy, la que más me apetecía ver. Supongo que hay que ser fan para decir que disfruté muchísimo su concierto. Y que también lo sufrí. Tiene tanta facilidad para cantar, tiene esa voz portentosa, tiene esa banda tan impresionante que la lleva y esos temazos, que consiguió cumplir por los pelos. La mirada perdida y una estabilidad de tentetieso la hacían parecer uno de esos monigotes que venden en los chinos que bailan al son de la música. Porque la música era la que la sostenía. Cuando paraba, parecía que se iba a caer, por eso la banda comenzaba inmediatamente con la siguiente canción, porque las notas hacían de soporte, de red para que Amy no se cayese. Hubo momentos en que parecía que iba a perder el hilo y abandonar, pero un saxo amigo la recogía y la traía de nuevo a la canción por donde casi la pierde. Su fabuloso coro trazaba una atmósfera espesa invisible a su alrededor para lograr sujetarla. Y yo moría de rabia. Si estuviera bien, se comería a todos. Abre la boca y solo con soplar le sale un temazo, un chorro de voz al susurrar.
Sociológicamente, me sorprendí al ver a la tribu urbana de las "Amys", con tupé y un nido en la cabeza, replicaban el look imposible de la diva. Altamente curioso verificar así hasta donde nos puede llevar la moda. Espero que solo sea el look y el gusto musical, porque había casi niñas replicando a la Winehouse con sus cardados imposibles y sus rabillos en los ojos.
Jamiroquai, invadió de buen rollo el ambiente. Bailongos y con esos chandal súper transpirables, se enrollaron como nadie. Lástima que me perdiera la mitad del concierto en una cola para comprar un bocadillo y una botella de agua...
Shakira fue Shakira, con su energía, su buen rollo, su crecimiento de metro cincuenta a dos metros en el escenario, su movimiento de caderas y su potente voz de nariz. Nos movió, nos hizo bailar y se portó como se esperaba de ella, perfecta y llevándonos directos a los fuegos artificiales con los que acaba la sesión del día. Con la estúpida cancioncilla banda sonora del evento, se fueron las hordas humanas, quedando solo los jovenzuelos bailando al ritmo electrónico de discoteca ibicenca con gogós y plataformas de baile.
Una vez en casa, ducha para quitar el polvo, litro de agua y tapones para aislarme de las fiestas de Chueca, justo a mis pies.
Al día siguiente, tuvimos más. Derrengadas y con pereza, nos dividimos. Nos apetecía el flamenqueo inicial. Pero las siete de la tarde no es un hora flamenca, coño. Así que yo llegué a mitad de Estopa, cuya música me provoca tirarme por la tirolina haciendo un calvo. Tiradas en el césped escuchamos a Alejandro Sanz, que me aburre bastante pero no está mal para tomarse una cerveza y comerse un bocata. Carmona salió en uno de los "bises". Ese sí que mola, con su nariz y todo. Es sexy y flamenco. Olé por Carmona y su nariz, claro que sí. Nos pone, "el Carmona" nos pone.
Cogimos posiciones para la traca final, para dejar el pic-nic y bailar al son de los temas de siempre. Y entonces sucedió. Sting cortó el silencio expectante de miles de personas. Como un cuchillo maravillosamente afilado, invadió el espacio como un haz de luz. En cinco minutos dejaron a todos los demás por los suelos. Se lo comieron todo. En plena forma. Unos "puretas" de sesenta años mostraron lo que es ser un músico de verdad. En mayúsculas. Sting está estupendo. No sé si es el yoga, el sexo tántrico, su matrimonio de hace mil años, su alimentación, su genética o qué otro misterio sin resolver, pero está hecho un pincel. Con una camisetilla-malla, demostrando su ausencia de michelines, su voz lo impregnaba todo. El resto de la banda no se quedaba atrás. El público entregado. Muchos habían ido allí por eso, exclusivamente. La edad media había subido. Viejos rockeros, mamás con niños, embarazadas intrépidas, familias al completo. Todos flipamos con Police. Porque los temazos nunca se pasan. Un buen clásico siempre permanece. Y todas quisimos clonar a Sting y tener un hijo suyo. Cantamos Roxanne y saltamos con "So lonely", y cogimos "every breath you take" como despedida de lujo de un concierto más generoso que el resto.
Al volver a casa, millones de personas seguían deambulando como restillos persistentes del desfile del Orgullo. Las fiestas de Chueca, se han convertido en las fiestas del pueblo de Madrid. A Madrid le va mucho. Es una ciudad tendente a la falta de prejuicios, aunque también haya mucho carca. En realidad, las fiestas de mi barrio, son más seguidas que las de San Cayetano y La Paloma, más multitudinarias que San Isidro. Solo adolecen de un patrón. Les falta un Santo par a contentar a la Iglesia. Un San Orgullo que santifique las fiestas. Por estadística algún santo tenía que ser gay. Hay que buscarlo para que sean de una vez las fiestas de todo el mundo. Y fuera recursos y prejuicios. Que celebren la misa correspondiente y pongan el tiovivo de rigor. Si total, están santificadas por aclamación popular. Y es que Madrid es así, acabará con un anuncio en el Segunda Mano de "Fiestas Populares en búsqueda de Patrón sin prejuicios". Y lo encontrará.
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30 Junio 2008
Hay veces que volver resulta complicado. Volver y retomar este espacio testigo de mi vida. Sobre todo cuando en varias semanas pasan tantas cosas. He tenido tantos altibajos estos días, que no sé si montarme en uno de esos carricoches de feria y pasar por cada uno de esos picos a los que se llega despacio para luego desplomarse por una cuesta empinada a toda velocidad. Montañas rusas que en la vida también deberían tener la opción de subir muy rápido, de forma desmesurada para después ir cayendo despacio hasta llegar en un suave descenso al punto inicial. La otra opción es trazar una línea media, quitar los máximos y mínimos y quedarme con la media aritmética, la media ponderada, la media móvil o cualquier otro tipo de parámetro que tienda por definición al equilibrio. Un equilibrio donde yo me siento mucho mejor. Un equilibrio que añoraba desde hace meses. Ahora, fuera del carricoche, me doy cuenta.
He estado en Nueva York. Casi una semana en la que combiné paseos, soledad y placer con reuniones, cenas de trabajo en sitios de moda y compras express. Eché de menos a mis amigas para recorrer la ciudad al más puro estilo Sex & City, cotillear, ir de compras y ligar tomando un Cosmopolitan.
A la vuelta, me compré una casa en la playa, porque yo lo valgo y ya estaba cansada de tanta ciudad. Comí paellas para volver al país y sentí la brisa marina del Mediterráneo.
Hablé con Juan pensando en retomar todo donde lo dejamos. Regalarle un par de camisetas de la tienda de moda de NY y un Omega traido de la mismísima Canal Street. Pero mientras yo luchaba por concentrarme con la talla en una tienda con la música a tope, dependientes con el torso desnudo y una música atronadora, él había decidido dejarme. Después de hacer feng shui con casi todo, había llegado mi turno. Así que tras saludar a mi querida Madrid, dije adiós a Juan. Good bye Juan. Ya puedo dormir en diagonal, estar en silencio cuando quiera y no preocuparme por su bienestar.
Y aquí estoy de nuevo, en casa. Sola con mi ordenador, mis eternas amigas que nunca fallan y pensando en qué muebles poner en mi terraza de la playa. Me debería tomar un Cosmopolitan "right now" y pensar en comprarme por primera vez unos taconazos. Y quien no alcance que se suba a una escalera.
De regalo me dejó su propuesta para el club de lectura; "El libro de los amores ridículos". Genial ironía. No pude ir a comentarlo. Demasiada subjetividad. El próximo día volveré con fuerzas.
Así que un mes más tarde, he cruzado el charco, me ha dejado el novio, y tengo un bonita casa en la playa. A la puesta de sol, invito a mojitos.
PD: He decidido usar el humor para iniciar el proceso de recarga. He decidido sufrir lo menos posible y tomar la perspectiva necesaria como para darle las gracias por dejarme seguir a mi aire.
Creo que en el Conde Duque me voy a convertir en activo fijo los próximos conciertos. Hoy he comprado mil entradas.
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17 Mayo 2008
Hay gente que es capaz de convertir puticlubs en tiendas de moda, pisos antiguos en remansos de cosas bellas, horas muertas en ideas vivas, extranjeros en "gatos" de Chamberí.
Hay gente que es capaz de transformar lo vulgar en glamouroso, lo aburrido en original y una posible debilidad en la mejor de sus virtudes.
Hay gente que es capaz de llevar un regimiento al otro lado del mundo, hornear panecillos alemanes en un horno de Chueca y dar clases de punto convirtiéndolo en la disciplina más artística.
Hay gente que por su interés resulta interesante, por sus ojos siempre abiertos da pinceladas de color, por su apertura abre mentes pronunciando un sencillo "ábrete sésamo".
Hay gente que ayuda a su crecimiento, que hace de ellos lo mejor y complementa huecos con dinámicas de grupo.
Hay gente que simplemente se quiere y ayuda a hacerse feliz. Feliz en verano porque es verano y hay verbenas de La Paloma, porque en invierno aparecen tardes de lectura junto a cafés, porque en otoño Madrid luce como nadie y la primavera está llena de cervezas en azoteas, macetas floridas y un sol que normalmente resplandece.
Hay gente que invita a fiestas a Blancanieves, que viaja al país de las Maravillas con Alicia tomándose un vino español. Gente que celebra desayunos que nunca son de trabajo, que canta canciones invitándote al estreno de un video musical.
Gente que tiene a Goethe junto a comics en la mesilla, wasabi y gazpacho en la nevera, kimonos junto a una gorra de chulapo.
Gente que bulle, que se mueve, que piensa, que siente, que opina, que crea, que disfruta con los cinco sentidos su realidad.
Después de veros simplemente deciros: gracias.
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15 Mayo 2008
Hace días que no hablamos y el silencio me retumba fuerte en el pecho.
El corazón grita fuerte a un teléfono desconectado y mira correos inexistentes.
Lo sé, es un silencio pactado. Unos momentos de reflexión que ambos necesitamos.
O más bien tú. Porque yo siempre tengo mis momentos de silencio. En pequeñas dosis. Porque mi relación con el silencio es del todo diferente a la tuya.
Hay silencios que se cortan con cuchillo en momentos puntuales. Muy pocos.
La mayoría son silencios de paz, de reencuentro conmigo misma, de respirar el aire que me rodea, de conexión con cada partícula que toca mi piel. Son silencios en los que activo mi yo sensorial por una vez al día, mientras trato de dejar mi mente abandonada. Porque vivo ajena a mi parte animal la mayor parte del tiempo, desconectada permanentemente de la naturaleza y ni huelo, ni percibo el aire, ni una mínima brisa en mi piel. Ni siquiera miro más allá de un metro de mis ojos, ni más acá en mi interior.
Mis silencios son reencuentros. Mis silencios son remansos de paz. Visualizo jardines zen y paisajes idílicos o simplemente trato de quedarme en blanco, como en estado de letargo.
Silencios blancos de luz y de armonía. Todavía no sé si a eso se le llama meditar, puede que sí. Son silencios que conectan mi energía, silencios que reequilibran mi tempestad, silencios que escuchan la esencia, silencios que me traen de vuelta rescatada de bosques laberínticos donde pude perderme para siempre.
Son como masajes en los pies pero en el alma. El paisaje amplio que se divisa cuando por fin llegas a la cumbre de una montaña. Y el viento que te mece, y el pelo que te viene a la boca o se te revuelve. Y ver la inmensidad. Aunque no venga acompañada de un bocadillo de chorizo.
Pero estos días el silencio me tranquiliza solo un rato. El resto del tiempo es vacío e incógnita. Sensación de estar al borde del adiós. Sin saber cómo, sin saber porqué.
Y voy al baño y ha desaparecido tu neceser. Y me quedo muda.
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11 Mayo 2008
Tengo el corazón adolescente y las piernas me tiemblan de inseguridad. Dejo a las puertas del colegio a la ejecutiva, a la viajera, a la bailarina, a la escritora de alma y la bohemia de sensibilidad y me reduzco a la mínima expresión hasta convertirme en una cría tímida y evanescente.
Me acerco a mi colegio, al colegio que me vio crecer desde que tenía cuatro años. El que me soltó a la universidad, el que me implantó la semilla de todo lo que soy ahora. O las semillas, porque yo siempre he sido muchas plantas, casi una selva. Algo en el estómago sucede cuando me acerco a un edificio que me resulta familiar aunque su estampa no se ajuste perfectamente a la que tengo en mi memoria. Descampados que ahora son urbanizaciones de lujo, pisos nuevos, colores distintos en las verjas y bancos para comer las pipas en el recreo.
Llego con mi hermano y un amigo suyo afincado en Tarifa. El colegio está en la urbanización más lujosa de Madrid. Esperamos encontrar cientos de pelos mechosos y aznarines de flequillos al lado y camisas de polo. La primera impresión nos devuelve trajes de chaqueta con corbata de los últimos que se han ido. Chiquillos que todavía encuentran placer en ese disfraz de formalidad y edad sobrevenida. Nos miramos los tres; el de Tarifa, el de Vallecas y la de Chueca se ríen del camino recorrido. En el fondo nos enorgullecemos de haber decidido ser quienes somos, sin haber seguido la senda trazada, la senda que otros nunca llegaron a abandonar. Dentro, mucha gente que nunca miró por otros caminos, por otras gentes y clases sociales, por otros países, por otras realidades, por otros mundos aparte del protegido por gente de bien. Endogamia conservadora.
A la mayoría se les ve felices seguramente porque los infelices no se habrán atrevido a venir y mostrar con valentía su cara más amarga con cara de "bueno y qué". Porque tampoco es necesario. Todavía algunos reconocían pesadillas de suspensos y patios de colegio. Otros se reencontraban con compañeros que se les aparecían en sueños de forma recurrente.
Apareció el tío bueno del colegio y, milagrosamente, seguía estando igual de bueno.
Los profesores que marcaron tus aficiones o tus habilidades apenas eran capaces de recordar nada de ti o no parecían muy interesados.
Las preguntas iban dirigidas más al lado personal. A los hijos que no tengo, al marido que no tengo, a la pareja que se me hace difícil conseguir. Muchos habrán pensado a qué he dedicado mi vida si no tengo nada de esto. Nada de lo que parece fundamental y lo que se presume como logro de forma unánime. Y no sé como explicarles que mi vida es amplia, que yo soy múltiple y sigo llena de intereses como cuando era adolescente. Que tengo un puestazo aunque nadie lo pregunte. Que he visto mundo. Que cultivo aficiones como la escritura aunque nunca haya escrito nada. Que bailo aunque nunca haya bailado nada. Que leo aunque me quede la mayoría por leer. Que siempre tengo en mente lo siguiente. Que me preocupo por el mundo. Que he dejado viva mi sensibilidad inicial. Que me he preocupado por cultivar mi esencia y crecer como persona. Aunque parezca que solo me haya dedicado a ponerme mascarillas, a juzgar por las preguntas sobre mi pacto con el diablo. Y es que os lo confirmo; conservar la cría tiene efectos beneficiosos sobre el cutis.
Barra libre. Me paseo por las aulas, el gimnasio y el patio con un whisky con Coca-cola en vaso de tubo. Botellón en el recreo.
Y tras un montón de qué tal estás, sonrisas vacuas y abrazos sentidos, me vuelvo a marchar con ese sentimiento agridulce de medio vacío. Ese sentimiento de no pertenecer a ningún grupo, de ser una marciana, una rara avis que nadie ha llegado a conocer. Y que una vez más no ha sabido explicar quien es. Y que probablemente a nadie le importe.Y me voy con el corazón helado. Con el corazón hecho helado de nostalgia de limón.
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6 Mayo 2008
Todo por los aires, barro, palmeras decapitadas, tejados volantes, personas desaparecidas. Hambre y chanclas, longys y sed. Personas sufridoras que reciben el mazazo definitivo, como si la naturaleza quisiera poner un foco enorme en su natural desgracia. Una vez más el color teja – o azafrán, como han querido llamarlo de forma general- aparece como redentor de los desamparados. Los monasterios que quedan en pie vuelven a ser refugio y morada de los supervivientes.
Y dónde está el color verde caqui. El color del camuflaje militar en una ciudad artificial resguardada de ciclones y notas de prensa. El color de la vergüenza y el absentismo irreverente en los peores momentos. El color del silencio y los falsos referéndums. El de los arrestos domiciliarios de lustros y la opresión del más débil. Fusiles y metralletas amenazan a seres flacos y sonrientes que bien podrían verse vencidos por un golpe de viento. Un ligero viento hubiera sido suficiente para llevar volando cuerpecillos flacos alimentados de arroz y té.
Pero ha tenido que ser un ciclón. Un ciclón que se ha vuelto a cebar con los más débiles, con los que tienen casas construidas con palillos y se alegran cuando su despensa llega al tamaño de una caja de zapatos. Esos que nadie usa.
Y pienso en Birmania y solo veo caras sonrientes. Caras llenas de paz. Veo Budas hermosos y esbeltos. Budas guapos rodeados de inciensos, flores de loto y arroz. Tanaka en las mejillas y telas de colores naturales.
Y veo el Irawady en calma, aproximándose a su delta de forma pacífica mientras riega tierras verdes con sus aguas plomizas. Orillas germinadas de pagodas que florecerán en primavera.
Y niños de uniformes verdes. Y monjes muy simpáticos.
Y yo voy en un barco que se desplaza lentamente por las aguas espesas. Dejo Mandalay camino de Bagan, rodeada de mangos y gente que se sienta en la cubierta. Y huele a lluvia. Y huele a especias. Y huele a vida. Y huele a paz. Y veo el Irawady aliarse con los monjes para desplazarse de un sitio a otro con gramófonos y chavales de campamento. Todos afeitados y vestidos de azafrán. Veo a niños monjes haciendo travesuras, con sonrisas pícaras observando desde el segundo piso del barco- autobús como nos alejamos de la orilla.
Y no puedo pensar en sus vidas malgastadas, en las aguas del Irawady desbordadas y fuera de sí, cabreadas, irritadas y totalmente ajenas a un Nirvana para ellos inexistente. Y pido para que al menos sirva para que ayudemos a un pueblo pacífico, amable y lleno de luz en la mirada. Un pueblo que irradia luminosidad a pesar de vivir en la oscuridad más absoluta.
PD: He estado investigando y Médicos Sin Fronteras está actuando en la zona por si queréis realizar un donativo. Yo ya lo he hecho. www.msf.es
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1 Mayo 2008
Ultimamente vivo en un taxi. Por una u otra razón, esos artefactos con luz verde ejercen de héroes al rescate de un cuerpecillo agotado por metros e intercambiadores.
He tenido todo tipo de experiencias con este gremio, algunas de ellas ya las he contado, otras me las callé por no rebosar su anecdotario con más datos que alimenten un concepto lleno de prejuicios negativos. Las más recientes, sin embargo, parecen sacadas de una versión del Madrid más actual de una futura película de Almodóvar. En cualquier caso, con varios de ellos, me dieron ganas de dar un par de vueltas más con el taxímetro puesto.
Ayer, sin ir más lejos, todavía con el ojo pegado después de una noche casi en blanco repleta de trabajo y con un día infinito por delante, me recogió casi con pala un taxista que claramente venía de empalmada, lo noté porque tenía ese filo de la ventana abierto por el que entraba un aire vespertino helador. Un aire que hacía las veces de palillos en los ojos. Yo, congelada, decidí hacerme ovillo en el asiento de atrás a ser conducida por un taxista ciego. Las calles todavía no estaban puestas y se iban asfaltando a nuestro paso, por lo que no percibí peligro.
Este era el taxista mudo, el contraste necesario a los otros dos personajes geniales que me encontré en días anteriores.
El primero, era un ser naranja, un individuo alegre y parlanchín con el que entablé conversación de forma casi inmediata. Sin saber cómo, logré que me contara sus experiencias más curiosas; las nocturnas y las diurnas. Me contó la noche de los verdaderos noctámbulos, la de aquellos que viven por la noche, los que no te encuentras en fin de semana porque ya han quemado todas las mechas antes del viernes. Me contó su drama; el drama de los solitarios que dejan el taxímetro correr por conversación, por compañía. Me lo contaba orgulloso de su otra profesión; la de escuchador profesional, la de rechazador tranquilo de sustancias ofrecidas por yonkis solos y generosos. Me habló de que el tiempo se detiene, de que la gente no tiene prisa y de que hay situaciones de riesgo. Pero me lo contaba con el aire de nostalgia del que algo obtiene cuando se enfrenta a un riesgo. Me lo contaba harto de las prisas de la mañana, harto de los claxon asesinos que intentan cargarse nuestros tímpanos y siempre despiertan al pobre vecino del cuarto. Harto de los ejecutivos que siempre quieren ir por otro camino y viven colgados de su teléfono móvil. Me decía que tenía historias para escribir un libro y apunto estuve de pedirle el teléfono para que siguiera alimentándome. "Lo más gordo que me ha pasado ha sido una denuncia por secuestro", me dice. Yo le tiro de la lengua, por supuesto. Me cuenta que una vez, después de una carrera hasta Alcalá de Henares, una mujer le dejó a la hija en depósito mientras iba a buscar dinero. Después de dos horas esperando, se dirigió a la comisaría donde descubrió que le habían puesto una denuncia por secuestro. Y es que la gente está fatal, uno no sabe qué hacer por ahorrarse una carrera. Por supuesto, lo logró. En comisaría, le aconsejaron que le perdonase la carrera si quitaba la denuncia. En un juzgado se le podía caer el pelo. Cuando llegué a mi destino, le desee un buen día y que escribiese ese libro.
El segundo, era un ser sensible. Tenía aspecto relajado y conducía sin sobresaltos. En seguida me sentí agusto en ese coche grande y cuidado, con un profesional educado e impoluto. Era un señor de mediana edad que iba escuchando la radio al volúmen justo para no molestar al pasajero. El problema era que el pasajero era yo, y el programa que iba escuchando me estaba resultando interesante. Afiné el oído para escuchar la historia de un periodista apellidado Gurriarán. Un periodista que fue malherido por una bomba de activistas armenios. Un periodista que había escrito un libro y había hecho tal catarsis de su desgracia que nos dejó temblando. Había contactado con sus agresores y su libro recordaba la causa armenia. En su testimonio había algo que nos conmovió a mi taxista y a mi al unísono; la absoluta falta de odio. Tras una conversación con una enfermera que le atendió después de la explosión, me encuentro de buena mañana con un nudo inmenso en mi garganta. "Al final nos van a hacer llorar" le digo al conductor. "Sí", me dice. "Y yo soy de lágrima fácil", continúa.
Cuando llegamos al destino, miro sus ojos reflejados en retrovisor; dos lagrimones le caen por el rostro. Recogiendo con la manga de la camisa su sensibilidad, me hace un recibo antes de devolverme a mi realidad con una sonrisa.
Y es que la sensibilidad está en todas partes. Solo hay que saber distinguirla entre la jungla de asfalto. Aunque me pregunto que tendré yo para que me pasen estas cosas de forma tan frecuente. Por la tarde, un conductor de autobús, me contó que ya no había quien ligara con tanto gadget urbano. Que los móviles y los ipods hacían imposible cualquier conversación con las tías. También me habló de inmigración, de que estaban todos equivocados en venir, que seguro que se vivía mejor en sus países sin Burgers y teléfonos móviles (este tema parece que le obsesionaba). Que aquí estamos todos gordos y que allí seguro que no necesitaban Naturhouse. Al pasar por un barrio rico de Madrid, me habló de la crisis que percibía entre la gente que se movía con bolsas de cartón llenas de ropa de temporada. Y al llegar al Auditorio - mi destino final- me señaló el ambiente jovial y desenfadado que veía por allí.
Y yo me pregunto si dispondré de un receptor integrado para escuchar vidas ajenas. Si tendré un captador especializado en filósofos urbanos.
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24 Abril 2008
Ayer era la noche de los libros; una bonita celebración recién incorporada a Madrid. Como todo lo que esta ciudad, siempre dispuesta a celebraciones, absorbe, lo hace para incorporarlo para siempre en su lista de costumbres. Una ciudad de caracter a veces mundano y casi grosero, otras sorprendentemente culto, pero sobre todo vital. Una ciudad que cumple a rajatabla con una máxima que confirma el pensamiento del lugareño; "si es gratis, voy". Y si no que se lo digan a las hordas que recorren la ciudad como si no fuera a haber más noches en "la noche en blanco", y las colas ante cualquier material de merchandising espantoso que probablemente termine en la basura en las siguiente limpieza general.
Me planteaba ayer si incorporarme a alguno de los eventos que se celebraban y no lo tenía claro. Cada vez que hay un anuncio de alcance multitudinario no suele haber nada que hacer. O tienes ganas de guerra o más vale que te quedes en casa.
Pero venía Michel Houllebecq y su efecto amor-odio. Un efecto que quería analizar de cerca.
Dudosa hasta el último minuto entre la elección de los calentadores o el posible entendimiento, decidí acercarme al lugar de la celebración pensando que igual este autor no tenía tanta demanda. Un globo blanco gigantesco aparecía como estandarte indicador. Detrás, un río de personas llegaba casi hasta el cruce con la Gran Vía. Gente joven, en general, habitantes similares a los que pueblan los cines de Princesa cada fin de semana. Esos que consiguen aguantar despiertos en las sesiones golfas de cualquier producción de cualquier país del mundo, en una sala diminuta y sin doblar. Esos que leen los subtítulos y cogen los papeles preparados a la entrada o a la salida para ver los detalles de lo que han visto o van a ver. Vamos, unos pesados. Unos plastas. Tan encantadores como yo.
Así que, una vez confirmada la imposibilidad de asistir a una conferencia con un aforo de cien personas y, una vez confirmado el interés que despierta este buen señor (supongo que acrecentado por la obra Plataforma que no pudo dejar indiferente a nadie que la viera), decidí dar un giro a mi tarde noche de jueves.
Finalmente celebré la noche del libro, comprando tres libros el día anterior (sin el correspondiente descuento), comiendome un plátano y poniendome los calentadores para bailotear la última coreografía funkera de mi clase de baile.
A la salida, chorreando sudor y recuperando la respiración veo a un negrito al que no distingo bien la cara bajar por una escalera. Es el momento de cambiar mis zapatillas de jazz llenas de agujeros por otras de deporte que me llevarán a casa, con calentadores y todo. El momento de beberme una botella de agua de un trago y casi sin respiración. El momento de tomar aliento.
La cara negra no se distingue a contraluz. La silueta me resulta familiar. Una silueta grácil y esbelta. Una gacelilla que sube y baja escaleras con facilidad gatuna.
De pronto oigo "Marta?, Maaaaaarttaaaaaa". Ahora el rostro se ha hecho visible; es mi exprofesor de samba. Me levanto rápidamente y nos fundimos en un abrazo gigantesco. Le lleno de sudor, pero no le importa, está acostumbrado al sudor como yo al traje de chaqueta. Nos damos otros tres o cuatro abrazos seguidos, fuertes muy fuertes, para que se note lo contentos que estamos de vernos.
Han pasado más de tres años desde que fue mi profesor, pero entablamos amistad. Era como un primo pequeño para mi. No podía verle sexy, a pesar de que lo era, porque era como un chavalin delgado y sonriente, lleno de ambiciones extravagantes. Muchas de ellas nunca las llegué a entender. No por nada, simplemente porque su manejo del castellano digamos que era, complicado. Le cogí cariño. Durante una época le seguí cuando cambió de escuela, cogí el metro con él para volver a casa, me presentó a cuanta mulatona espectacular brasileña se encontraba en la ciudad, y fui a verle a un rodicio donde actuaba durante la cena. Pero sobre todo, me dejó una inmensa sensación de buen rollo. Recuerdo enormes clases reparadoras del ánimo. Clases en las que el stress y el mal humor pronto quedaban neutralizados por una samba pura o por una samba-reggae en la que era imposible no sonreir.
Y en ese abrazo estaba la música, su sonrisa abierta ahora con ortodoncia, los planes de ir a bailar, su dieta confesada a base de hidratos al mediodía y de proteinas por la tarde, nuestro encuentro ante las camaras de televisión en unas fiestas de Chueca en las que acabé formando parte de una procesion de plumas, tangas, batukadas y colores verdes y amarillos, mientras cruzaba los dedos para que no me viera mi jefe en un zapping a la hora de la siesta.
Tantas cosas bonitas me inspiró que, una vez intercambiados los teléfonos y nuevas promesas de encuentros, me alegré enormemente de haber celebrado el día del libro comprando antes de tiempo y acordándome de la samba de Bahía.
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