12 Febrero 2008
Introducción:
“No ghosts need apply”

Buena parte de la crítica holmesiana y sherlockiana, sobre todo la más tradicionalista (que pasa, habitualmente, por ser también la más respetuosa, aunque esta sea una autoapreciación suya, y por lo tanto, bastante sesgada), se muestra algo más que reticente ante las especulaciones que relacionan al señor Sherlock Holmes con ciertas cuestiones que rebasan los inciertos límites de lo que el Maestro denominaba lo outré.
El carácter frío y lógico que caracteriza la metodología del señor Holmes ha hecho presuponer a sus seguidores más “fieles” que esta inmortal figura era el más escéptico de los mortales, y que por tanto, el mundo de lo sobrenatural no entraba en sus mementos.
En nuestra opinión, Sherlock Holmes fue, por el contrario, un hombre de una apertura mental insólita para su época, y probablemente, también para la nuestra. Esta afirmación viene corroborada por el mismo Maestro, y no sólo con palabras, sino con hechos: ¿Acaso no fue un pionero en el campo de la investigación criminal? ¿Acaso no asentó las bases de la moderna criminología, a pesar de la continua oposición de las estructuras oficiales, como el mismo Scotland Yard? ¿Acaso sus horizontes eran menos amplios que los del mayor de los sabios?
Holmes dedicó sus prodigiosos poderes no sólo en la dirección que le ha hecho famoso, esto es, el Arte de la Detección, sino que también trabajó en campos tan dispares como la musicología (Sobre los Motetes Polifónicos de Orlando di Lassus), el alpinismo (véase las notables exploraciones de un noruego llamado Sigerson), la filología (Sobre sobre las raíces caldeas del antiguo idioma de Cornualles), la apicultura (Manual Práctico de Apicultura, con Algunas Observaciones Sobre la Segregación de la Reina), todo esto sin contar con sus investigaciones químicas acerca de los derivados del alquitrán...
El investigador tradicionalista (y estamos en un punto en que nos atreveremos a llamarlo “reaccionario”) argumentará que el método de detección de Holmes se puede aplicar adecuadamente a la investigación en todos estos campos. Y en parte, hemos de admitirlo, tendrá razón.
No obstante, la aplicación de la lógica, de la búsqueda de evidencias, &c., no puede tener mucho peso en disciplinas como la Historia (ya sea la historia de la Música, o la historia de la Lengua), que se sustentan sobre bases arbitrarias, y a las que difícilmente podremos denominar “ciencias”, debido, precisamente, a su carácter voluptuosamente humano y susceptible de manipulaciones, o simplemente, opiniones subjetivas.
Quizá si continuamos por este camino, podríamos poner en tela de juicio la validez de la “ciencia” como método, a pesar de que el proceso deductivo de Holmes es eminentemente científico: la ciencia se encarga de explicar los fenómenos reproducibles, y así, el Maestro es capaz de reconocer la profesión de un individuo a través de ciertas señales físicas características, como las cayosidades de la mano, que son representativas del uso de instrumentos profesionales. El problema de la ciencia estriba en su incapacidad para explicar fenómenos no reproducibles, esto es, que no se repiten con cierta frecuencia, y que por tanto no son demasiado susceptibles de ser estudiados. Este extremo, pensamos, no impediría al señor Sherlock Holmes entrar de lleno en un misterio, con mejores o peores resultados, y así lo confirman algunos de sus más célebres fracasos, sobre cuya naturaleza se ha especulado en muchas ocasiones: hablamos, por supuesto, del problema del señor James Phillimore, que entró en su casa para coger un paraguas y ya nunca más fue visto en este mundo; el de Isadora Persano, periodista y duelista, que fue hallado loco, junto a una caja de cerillas que contenía un extraordinario gusano desconocido para la ciencia; y por supuesto, el del cúter Alicia, que desapareció para siempre en un banco de niebla. Tres casos que, como veremos más adelante, muchos autores han entendido como asuntos indefectiblemente unidos por el destino, tres casos envueltos en un halo de misterio, tres casos de lo más outré... Pero por supuesto, no son los únicos.
Lo sobrenatural en el Canon

A las afirmaciones de la crítica tradicional, hemos de concederle también un punto (nada pequeño) a su favor, y es el hecho de que, en los textos canónicos, no se hace patente explícitamente la presencia del elemento sobrenatural, sobre todo cuando utilizamos el término en su más extenso sentido, referido sobre todo a los llamados “fenómenos psíquicos”, tales como la telepatía, la telequinesis, &c., o esos otros mucho más folklóricos, relacionados con fantasmas, apariciones, demonios, y otros fenómenos (que por cierto, han sido registrados a lo largo de la historia en demasiadas ocasiones como para negarlos, al menos, como “posibilidad”) que encajan mucho mejor en el campo de investigación de uno de los “sucesores” —por aplicar un término aproximado— de Holmes, el señor Thomas Carnacki del 472 de Chayne Walk, Chelsea, ghost-finder y “doctor de lo oculto” (o, como diría el señor Lin Carter, supernatural-sleuth).
No nos parece imposible (ni tan siquiera improbable) que el señor Sherlock Holmes se topara, en algún momento de su intensa carrera como detective consultor, con alguno de estos fenómenos sobrenaturales. De haber sido así, no nos cabe la menor duda de que lo hubiera tratado sin demasiada afectación negativa, y que habría obtenido resultados positivos.
Lo más parecido que encontramos en el Canon a una investigación parapsíquica es La Aventura del Vampiro de Sussex, argumentada en numerosas ocasiones por los investigadores tradicionalistas como la declaración de principios de Holmes frente a lo sobrenatural. “No hace falta que vengan a llamar nuestra atención los fantasmas”, le dice el Maestro a Watson, cuando se plantea un aparente caso de vampirismo.
Y sin embargo, otros investigadores más abiertos al verdadero abanico de posibilidades del privilegiado cerebro de Sherlock Holmes, así como algunos autores de pastiches, se han negado a aceptar esa muestra de cerrazón mental por parte del Gran Detective. Son muchos los “manuscritos de Watson” hallados que recogen su enfrentamiento con el Conde Drácula (textos a todas luces falsos, como la enorme mayoría de pastiches), y que en buena parte acaban desmintiendo los sucesos del Vampiro de Sussex.
Sí, parece que las palabras de Holmes en dicha crónica dejan bien clara su postura frente a lo sobrenatural, en contra de lo que nosotros podríamos pensar.
Y aún así, es precisamente en esa historia donde Holmes habla a Watson por primera vez de un asunto que, si no entra en el conflictivo terreno de los espíritus malignos y los cuentos de hadas, al menos pone un pie en otra parcela, también en conflicto con la ciencia, pero que no debería dejar de ser un campo de investigación perfectamente lícito, incluso para los más tradicionalistas: el Mundo de lo Desconocido.
Sherlock Holmes, criptozoólogo
“Matilda Briggs no es el nombre de una mujer, Watson, sino el de un barco que está relacionado con el caso de la rata gigante de Sumatra, un asunto para el que el mundo aún no está preparado”. Estas palabras las pronuncia Holmes precisamente a colación del caso de vampirismo en Sussex, y las dice justo antes de ridiculizar la supersticiosa idea de los no-muertos. El misterio que se oculta tras esta sugerente referencia ha sido —y es— objeto de todo tipo de especulaciones, si cabe más fantásticas que el concepto de “vampiro”; pero situada en el contexto de esta historia desmitificadora, adquiere toda la fuerza de la conjunción entre la ciencia y lo desconocido: así, y no en vano, se ha visto en el asunto de la rata gigante de Sumatra diversos tipos de amenaza en forma de enfermedad contagiosa, y sobre todo, de roedores monstruosos.
Curiosamente, a lo largo de las historias del Canon, Holmes se ve obligado a hacer frente a diversas amenazas de tipo animal, como puede ser el caso de La Melena de León, en que el villano en cuestión es un tipo de medusa venenosa (la Cyanea Capillata); La Banda Moteada, donde el malvado Dr. Grimesby Roylott utiliza como arma una letal serpiente; o en La Aventura del Hombre que Reptaba, posiblemente la más extraordinaria de las aventuras narradas por Watson, pues sus implicaciones científicas, relacionadas con un elixir rejuvenecedor sintetizado a partir de ciertas glándulas de un simio tibetano (el langur), jamás se han admitido —aunque, por supuesto, sabemos que el científico H. Lowenstein, de Praga, o alguien cuyo verdadero nombre quedó oculto por la discreta pluma de Watson, llevó a cabo esos experimentos.
Hay otras criaturas misteriosas, de difícil localización y catalogación, que aparecen mencionadas en los textos canónicos: la repulsiva sanguijuela roja (relacionada con la muerte de Crosby el banquero), y el famoso y ya mencionado gusano que quizá volvió loco a Isadora Persano.
Estos dos encuentros, junto con el problema de la rata gigante de Sumatra, nos sugieren que Sherlock Holmes tuvo ocasión de actuar como criptozoólogo circunstancial en diversas ocasiones, esto es, como investigador de formas de vida misteriosas. (La faceta como biólogo de Holmes también ha sido mencionada unas líneas más arriba; cuando el Maestro decidió retirarse a Fulworth, se dedicó a la apicultura, e invirtió mucho tiempo —y todo un tratado— al estudio de las abejas).
La criptozoología es una disciplina practicada por biólogos, científicos, y aficionados a desentrañar misterios, centrada en las criaturas que pueblan nuestro mundo y que pasan por él (se diría que por nuestro lado) de forma tan escurridiza que la ciencia oficial no puede estudiarlos, catalogarlos, o sencillamente, admitir su existencia. El Holmes más escéptico, el Holmes que desecha la posibilidad de los vampiros, no debería tener ningún problema para admitir, como su primo, el profesor George Edward Challenger, que criaturas antediluvianas podrían poblar aún hoy las selvas más recónditas de nuestro planeta, que en el Himalaya vive un tipo de homínido desconocido, y que por las aguas de cierto lago escocés se desliza un monstruo de cuello largo y aletas de foca. De hecho, contamos con la “Conexión Friesland”, de la que hablaremos más adelante, para demostrar estos extremos.
Esta monografía

Por motivos de espacio, trataremos a continuación sólo algunos puntos relacionados con este ensayo, que debería ser mucho más extenso y exhaustivo. No obstante, prometemos ofrecer una continuación adecuada, con mayores pormenores, que el lector echará en falta en las páginas siguientes.
Dejaremos para un futuro volumen las explicaciones pertinentes a la repulsiva historia de la sanguijuela roja, el asunto de la rata gigante de Sumatra (que merece una atención especial), algunas palabras sobre el langur y el profesor H. Lowenstein, y ciertas teorías referentes a la estancia del señor Holmes en el Tibet. Además, esperamos añadir información fundamental en un capítulo dedicado a la faceta de Sherlock Holmes como “doctor de lo oculto” (con asuntos como el de Baskerville Hall, el del cúter Alicia y la desaparición del señor James Phillimore), y los resultados de nuestras investigaciones acerca de otros elementos canónicos que guardan una relación estrecha con lo outré (y quizá con lo ridicule).
Pero eso será, como decimos, en un futuro próximo.
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22 Enero 2008
Muy distinguidos amigos:

A pesar del aparente abandono de este Cuaderno de Bitácora, el presente autor (y no sólo él, como veremos a continuación) no se ha mantenido total y absolutamente ocioso. Muy por el contrario, ha dado a luz, con mucho esfuerzo, a la primera parte de una ambiciosa monografía que no trata del uso de los perros en la detección criminal, ni de la variedad de las orejas humanas, los códigos secretos o las raíces caldeas del antiguo idioma de Cornualles. Lleva por título >“Sherlock Holmes y lo Outré</big>”, que es una palabra utilizada por el Maestro (y también por el Cronista) en unas cuantas ocasiones a lo largo del Canon.
Lo “outré” viene a ser lo extravagante y extraordinario, aquello que se sale de lo normal, esto es, precisamente lo que a Holmes y Watson tanto agradaba en sus maravillosos casos, apócrifos o no.
Este estudio pretende abarcar diversas facetas desconocidas del Gran Detective, facetas que sólo se insinúan en el Canon… y que en algunos casos, se lanzan a la garganta del lector para dejarle bien claro que Sherlock Holmes no conocía fronteras.
En este primer volumen, apenas una pincelada de lo que ha de venir, se explora con detenimiento un par de casos canónicos de carácter criptozoológico, y el menos importante de ellos no es el Problema del Gusano Desconocido Para La Ciencia…
También se abunda en cierto tema favorito de los pasticheros, y que tiene mucho que ver con la llegada a Londres, a fines del siglo XIX, de un “noble del Este”… eso sí, desde una perspectiva estrictamente formal, y basada en las Sagradas Escrituras.
Todo esto, entre otras muchas cosas no aptas para todos los paladares.
(Me pregunto: ¿Habrá muchos holmesianos interesados en conocer la verdad sobre las investigaciones que el Maestro llevó a cabo en Montpellier, en 1893, acerca de los derivados del alquitrán? Aquí está la respuesta… y no se parece a nada que este autor haya leído antes).
En siguientes volúmenes: la Rata Gigante de Sumatra, la Horripilante Historia de la Sanguijuela Roja (con o sin Crosby el Banquero), la etapa tibetana del Gran Hiato, el paraguas de James Phillimore, el desaparecido cúter Alicia, y otras cuestiones de mucho gusto y placer para el avezado y enciclopedista sherlockiano.
***

Ahora llegamos al punto en que este texto publicitario y autoelogioso pierde su sentido: prácticamente todos los textos acabarán, en el transcurso de las próximas semanas, en este blog de dominio público. De modo que aquellos que no deseen adquirir este “booklet” (estos sajones tienen términos para todo), sólo tienen que esperar pacientemente, pues los contenidos, no íntegros, pero casi, estarán aquí servidos de forma gratuita.
Para los demás, para aquellos sherlockianos y holmesianos que gustan de formar colecciones con las que deleitar a amigos (un tebeo de Sherlock Holmes de Ediciones Vértice, un Sherlock Hemlock de Barrio Sésamo ¡auténtico!), deberán remitir un educado correo electrónico a fabulasext@albaceteliterario.com, o bien a fabulasext@hotmail.com, donde se les instruirá adecuadamente acerca del número de cuenta corriente en el que deben ingresar los 5,95 euros que cuesta este volumen de 64 páginas más cubierta y sobrecubierta, cosido por el autor en persona. (Como diría Anna Raven, amiga de este blog: “Publicidad no engañosa”).
***

Lo antedicho ha de valer también para el volumen intitulado >“Antes de Baker Street”, que recoge dos pastiches del escritor Juan García Rodenas, amigo y también miembro de la Academia de Mitología Creativa “Jules Verne” de Albacete.
Este booklet, editado a la manera y con la estética del “Cuaderno de Bitácora del Matilda Briggs” (cosido a mano, sobrecubierta amarilla, etc), contiene dos eruditos estudios, redactados en forma de sendos relatos, con los que Juan García Rodenas ha ahondado en los tiempos previos a aquel mítico encuentro en el Bartholomew´s Hospital de Londres, en el que un joven llamado Stamford hizo un gran favor a la Humanidad cuando presentó a los señores Sherlock Holmes y John Watson.
“La Guerra del doctor Watson” desgrana con todo lujo de detalles lo que, a juicio del presente autor, es la más fiel representación de la estancia del Cronista en Afganistán, y su papel en la terrible Batalla de Maiwand contra las tropas de Ayub Khan. García Rodenas es, como Garth Ennis, un verdadero estudioso del mundo bélico, y su trabajo de investigación ha logrado arrojar nuevas luces sobre viejos problemas, como el de la famosa “doble herida” del doctor... al tiempo que, por supuesto, plantea otras incógnitas que habrán de ser respondidas en su momento.
En cualquier caso, no me cabe la menor duda de que ha logrado superar los trabajos de Michael Hardwick (autor de “The Private Life of Dr. Watson”) y aventaja en mucho a James Lowder y a su relato “The Weeping Masks” (en “Sombras sobre Baker Street”, publicado en España por La Factoría de Ideas), que también nos habla de Murray, el asistente de Watson en Afganistán, y a quien el buen doctor debe la vida.
“La Aventura del Magnicidio Resuelto” es un texto nacido bajo la influencia del imprescindible William S. Baring-Gould y su “Sherlock Holmes de Baker Street”, donde García Rodenas nos lleva al Washington de 1880 para presentarnos a un joven actor llamado Sherlock Holmes, que en ese momento está revisando los hechos relativos al asesinato del presidente Abraham Lincoln, con la ayuda de un innominado detective de la Agencia Pinkerton, quien además es el narrador. (Una voz que recuerda muchísimo al Agente de la Continental de Dashiell Hammett, por cierto).
La presencia de algunos conocidos como el hacendado californiano César de Echagüe, el periodista Gideon Spillett, o los infames Marsh de Innsmouth, no hacen sino aportar el toque mitográfico-creativo a una excelente historia que, más allá de su posible canonicidad, tiene todos los tintes de ser auténtica.
***
Como decíamos, el lector puede solicitar este booklet de 60 páginas en las ya mencionadas direcciones de correo electrónico fabulasext@albaceteliterario.com y fabulasext@hotmail.com, y le será enviado por correo al precio de 5,95 euros el ejemplar (gastos de envío incluidos).

Toda información adicional, e imágenes descargables de alta resolución, se encuentran disponibles en el Dossier de Prensa elaborado para la ocasión, sito en la siguiente dirección:
www.quevayanellos.com/sherlockholmes
Muchísimas gracias por vuestro apoyo.
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9 Enero 2008
Amigos:
En breve procederé a la actualización (inconstante e irregular) de esta bitácora: más autopublicidad sin complejos, más Sherlock Holmes, y más disparates.
Un par de cosas: he descubierto el fotolog/blog/flinguirbuk/comocoñosellame de mi amigo e ilustrador Pedro Jesús Tornero, autor de la portada de Nadie lo Sabrá Nunca. Pedro, en su infinita modestia, no lo había hecho público ni compartido casi con nadie, pero los sabuesos del Matilda Briggs hemos dado con él. Como muestra, aquí está el enlace a la ilustración que realizó, hace ya unos años, para el relato sherlockiano "El mundo volverá a saber de mí", una carta publicada originalmente en la revista Ayvelar, y después en la edición en papel de este Cuaderno de Bitácora del Matilda Briggs:
http://www.flickr.com/photos/pedrotornero/2146412230/
Aquí, en breve, tendremos el anuncio de "Sherlock Holmes y lo Outré",de este autor, y también "Antes de Baker Street", de Juan García Rodenas.
Como decimos, en breve. En una semanita. O menos.
(En formato Matilda Briggs, cosido a mano, cubiertas amarillo limón, etc).
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15 Julio 2007
No sin cierto ánimo de autobombo (suena la Fanfarria para el Hombre Común de Aaron Copland), sugiero a los amigos de este blog que estén interesados en las doctas opiniones de su autor que visiten una reciente entrevista, realizada por la escritora Pilar López Bernués, y alojada en la multitudinaria web Anika entre libros.
Mis respetos, y el link:
http://www.libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=~/paginas/entrevistas/entre154.ascx
(La entrevista incluye algunos daguerrotipos francamente comprometedores y privados... hum...)
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28 Junio 2007
Rey Solovar... Emperador Grodd
Sin embargo, el caso más espectacular es el que aparece recogido en diversos tebeos de la norteamericana editorial DC Comics (responsable de personajes como Superman o Batman), un auténtico filón para el osado investigador mitográfico-creativo —sobre todo para el aficionado a los primates inteligentes—, pues en estas historietas se ha dejado constancia de una ingente cantidad de hechos reales, debidamente ficcionalizados por autores de diversas épocas.

Así, gracias a los cómics dedicados al súper velocista Flash1, sabemos que a finales de los años 50 y al comienzo de la década siguiente, existía un lugar remoto (su situación geográfica es motivo de múltiples especulaciones) llamado Ciudad Gorila (Gorilla City), poblado por simios súper inteligentes y civilizados, que poseían tecnologías muy superiores a la del ser humano. Los habitantes de esta ciudad se declaraban pacifistas, y vivían bajo un régimen monárquico no autoritario, cuya cabeza visible era el anciano Rey Solovar (un nombre falso, por supuesto). No obstante, dentro de este remanso de paz, tranquilidad e investigación, nació una criatura maléfica —o inconformista, si lo miramos desde su punto de vista— que, según el canon del Universo DC, se hacía llamar Grodd2. Según los autores de DC, la inteligencia y perversidad de este monstruoso villano estaba a la altura de mentes privilegiadas como Lex Luthor o el extraterrestre mecanizado Brainiac, dos de los peores enemigos del kryptoniano Superman3, y no nos sorprende haber averiguado que el gorila Grodd estuvo a punto de conquistar (o destruir) el mundo en muchas ocasiones: entre sus increíbles poderes, se contaba la más profunda habilidad telepática, que le permitía controlar las mentes ajenas, así como adoptar apariencia humana a ojos de los hombres.

Para el investigador, el seguimiento de la biografía de Grodd resulta un trabajo complejo y prácticamente imposible: algunas declaraciones escritas de miembros de la C.I.A. durante la administración Kennedy sugieren que este malévolo primate fue el responsable de la llamada “Crisis de los Misiles” de octubre de 1962, que puso en jaque al mundo y a punto estuvo de desencadenar una III Guerra Mundial. También se intuye su mano en algunos conflictos bélicos, como la campaña ruso-afgana de los años 80, e incluso se ha dicho en informes confidenciales y altamente secretos que muchos de los desastres naturales más recientes (los huracanes que se abaten periódicamente sobre Estados Unidos, como el que asoló New Orleans, o los tsunamis que tanta mortandad han producido en la zona de Sumatra y la India) son obra de una máquina infernal ingeniada y contralada por el Gorila Grodd desde una presunta base situada (irónicamente) en el Mare Tranquilitatis de la Luna.

Los aficionados a las “teorías conspiratorias”, tan en boga en nuestros días, sugieren que Osama Ben Laden es un pelele que trabaja para Grodd, y los más osados afirman rotundamente que, de hecho, este infame terrorista y antiguo (o actual) agente de la Agencia norteamericana es sólo otro disfraz más del mismo Grodd... Palabras vacías y sin respaldo oficial alguno, por supuesto. Otros de estos “iluminados del misterio” arguyen que Grodd es, ciertamente, el artífice de todas estas desgracias y muchas más, y que en realidad trabaja de forma encubierta, desde su llegada a la civilización humana, para el gobierno secreto de los Estados Unidos (algo más de veinte peldaños por encima de su presidente): según esta interesante (aunque indemostrable) teoría, el Gorila Grodd es un peligro real, utilizado para sus propios fines por un cónclave de empresarios de diversas nacionalidades4.
Algún mitógrafo creativo con ínfulas de humorista ha llegado a sugerir —siempre en conversación privada, por supuesto— que el Gorila Grodd posee cierta influencia en la cadena televisiva norteamericana Fox, y que determinados filmes ficticios, a los que Homer Simpson (quien no debería necesitar presentación) es muy aficionado, son una forma de publicidad subliminal que pretende preparar al público para la “Gran Dictadura de Grodd”. El caso más ilustrativo sería el de la película Alabad al Simio, donde el espectador puede ver a un chimpancé sentado tras la mesa del despacho oval, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro. Como decimos, una humorada.
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(Imágenes:Cubiertas de "The Nine Unknown" y "The Empire of the Nine"; y después, el mítico JimGrim)
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21 Junio 2007
No es necesario ser un eminente mitógrafo creativo para saber con certeza que la antropología prehistórica y el estudio de evolución del ser humano no son más que falacias comparables a la frenología, el análisis convencional de textos literarios, y otros métodos y sistemas de investigación ya caducos y no lo suficientemente denostados. Los categóricos ordenamientos habituales, y denominaciones como Austrolopithecus, Pitecanthropus, Neanderthales, Cromagnones que, hoy día, se siguen enseñando a nuestros hijos (junto con los “hallazgos” de Atapuerca, Java, y un largo etcétera), quedan definitivamente desfasados si atendemos con cierta atención a las docenas de avistamientos, encuentros y testimonios relacionados con sub-humanos (denominación genérica que no pretende ser peyorativa) inteligentes.

Aquí podríamos extendernos hasta el hastío hablándoles de los estudios de Ivan T. Sanderson acerca del celebérrimo Abominable Hombre de las Nieves —también conocido como Yeti, Mi-Go, Dzönglai Edmai, Sangpai, Metah-Kangmi, Almasti, Kaptar, Mesidam, Tkis-katsi, Lajir, Agac-kisi, y otras muchas denominaciones referidas a unas peludas criaturas sociales, aunque un tanto salvajes, que se extienden por la India, el Tibet, y más allá del Himalaya, en las riberas del río Amarillo, en las mesetas de Mongolia, y en todos los rincones de Rusia y las repúblicas ex soviéticas—, o de su versión americana, el Bigfoot, pero en realidad no estamos hablando de estos simpáticos y escurridizos vecinos nuestros, sino de algo muy distinto: auténticos simios inteligentes, con capacidad lingüística oral abstracta, y en algunos casos, incluso escrita.
CONTINENTE GORILA
El enlace más recurrente entre este tipo de primates y los yetis se encuentra en los entresijos de la historia de un noble inglés nacido en África, en el año 1888: se trata de John Clayton, Lord Greystoke, al que se conoce mundialmente bajo el nombre de Tarzán de los Monos. El señor Philip José Farmer, de Peoria, demostró de manera concluyente que Tarzán no sólo no es un personaje de ficción, sino que hacia 1972 seguía vivo y gozaba de buena salud.
Clayton fue criado por una tribu de simios que, en efecto, disponía de capacidad lingüística, e incluso de un rudimentario idioma propio, que a Tarzán le resultó muy útil —por no decir fundamental— a la hora de aprender francés e inglés. Esta tribu se denominaba a sí misma con el nombre de “mangani”, y aunque los modernos investigadores consideran extintos a estos primates inteligentes, hechos posteriores nos hacen albergar serias dudas al respecto.
Otra tribu de manganis fue hallada en África por el explorador británico Sir Wade Jermyn a mediados del siglo XVIII. Los simios de Jermyn estaban cubiertos por un pelaje blanco, se les describe como fieros guerreros que atormentaban a las vecinas tribus de negros, y habían construido toda una ciudad con rudimentarios edificios de piedra, entre los que se incluía un palacio. La familia Jermyn demostró durante varias generaciones que sus monos blancos eran genéticamente compatibles con el ser humano, pues hasta Arthur Jermyn, último descendiente de Sir Wade, todos sus miembros se aparearon satisfactoriamente con miembros de la tribu albina.
En realidad, estos son sólo dos ejemplos de la multiplicidad de simios inteligentes que poblaron África hasta bien entrado el siglo XX, aunque existen otros muchos testimonios: la Expedición Hubert, en 1896, dio con un tribu de arborícolas que vestían taparrabos, y en la década de 1920, el madrileño Conde de Valdemar encontró a unos organizados simios caníbales (bautizados, no sin cierto humor, como “los Niam-Niam”) que todavía mostraban una cola, interesante vestigio ancestral... o muestra de una atávica ascendencia simiesca.

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14 Junio 2007
(Traducción y edición de Alberto López Aroca)

Una mañana de junio de 1895, poco después del desayuno, sorprendí a Sherlock Holmes poniendo patas arriba el salón de nuestras habitaciones de Baker Street.
—Watson, ¿ha visto usted mi babucha persa? —me preguntó.
En la punta hueca de esa babucha, de origen ciertamente ignoto, era donde mi buen amigo guardaba su discutible tabaco.
—No, Holmes.
En ese momento me lanzó una de esas características miradas suyas que vienen a decir “sé algo que usted no sabe”.
—¿Está seguro, Watson?
—Pues la verdad es que no, ya no estoy seguro —respondí.
—¿Y eso por qué?
—Porque si insiste usted, es porque tiene algún motivo.
Holmes sacó su pipa del bolsillo, se la puso entre los labios y sopló, soltando al aire (y al suelo) polvo de carbonilla apagado.
—Watson, ayer me pidió prestada mi babucha persa para tomar la última pipa de la noche, y se la llevó a su habitación.
—Hmmm —fue lo único que atiné a responder, porque era cierto. Me había olvidado por completo, pues había estado tomando notas sobre un caso reciente, el del repentino fallecimiento del cardenal Tosca.
—Entonces, Watson, dígame, ¿dónde la puso usted?
—Eeeeh... Sí... Sí, ahora lo recuerdo, Holmes. Si no me equivoco, la dejé (un poco descuidadamente, lo admito) en el cesto de la ropa sucia.
Holmes volvió a lanzarme esa mirada suya tan críptica y dijo:
—El cesto de la ropa sucia, ¿verdad?
—Sí, Holmes.
—El mismo cesto de la ropa sucia que la señora Hudson se llevó para lavar cuando trajo el desayuno, ¿verdad?
—Hmmmm... En efecto, Holmes. Lo siento.
Mi amigo dio una sonora chupada a su pipa vacía, la volvió a guardar en el bolsillo de su batín color ratón y entró en su cuarto.
Minutos después, se presentó de nuevo en el salón, ahora vestido con ropa de calle. Salió por la puerta sin decir palabra y escuché cómo sus pasos descendían por las escaleras y se iban alejando.
Sherlock Holmes se había ido a comprar tabaco.

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19 Mayo 2007
Durante la lectura de La Piedra Lunar (1868), de Wikie Collins, se presentan una serie de líneas de investigación relacionadas con diversas familias.
La primera de ellas, y que se extiende a todas las demás por defecto, es la del militar inglés, John Herncastle, que robó el diamante sagrado hindú que da título a la obra, durante la Toma de Seringaptam en 1799. Esta cruenta batalla fue el escenario de la muerte de Tippoo-Sahib (1749-1799, nabab de Misore, aliado de los franceses y enemigo de los ingleses), que era tío del Príncipe Dakkar, también conocido como el Capitán Nemo (ver La Isla Misteriosa, capítulos finales, de Jules Verne). No resulta difícil trazar una línea entre el asunto de la Piedra Lunar y el ya citado príncipe de Bundelkund.

(Imagen: la Toma de Seringapatam, 1799)
John Herncastle aparece como un criminal, un ladrón sin escrúpulos, y que demuestra al comienzo de la obra cierto talento para el delito (y en el desarrollo de la historia, una extrema crueldad). Esto lo señala, indefectiblemente, como descendiente de Jonathan Wild, famoso felón de la primera mitad del siglo XVIII, y posiblemente, también como antepasado del profesor James Moriarty.

(Imagen: el felón Jonathan Wild)
He elaborado un árbol genealógico básico de los Herncastle, partiendo de la figura de Lord Herncastle, que tuvo dos hijos y tres hijas: el segundo de ellos era John, quien, al parecer, no dejó descendencia conocida. Sobre Lord Herncastle habla brevemente, en la obra, el criado Gabriel Betteredge, un hombre de bien, acérrimo admirador de Robinson Crusoe, hasta el punto de que la obra de Defoe es su sempiterno libro de cabecera.
El árbol de los Herncastle desciende una línea más, donde nos encontramos con Godfrey Ablewhite, también taimado criminal, a su manera, hijo de una hermana de John Herncastle. El señor Ablewhite, hijo de un banquero, no hace más que reafirmar la teoría de que cierta vena criminal subyace en los genes Herncastle.
Por otra parte, nos encontramos con Franklin Blake, un joven valiente, viajero, aguerrido, de incuestionable moral. Es muy posible que el señor Blake fuera el abuelo del escritor de Milwaukee, Robert Harrison Blake, muerto en 1935 en Federal Hill, Rhode Islad, en circunstancias extrañas. La fecha de nacimiento de Robert Blake se presta a muchas discusiones: podríamos establecerla entre 1902 y 1905, aunque el señor Philip J. Farmer la retrasó hasta 1917 en sus apéndices a Doc Savage: His Apocalyptic Life. Sobre los progenitores de Robert Blake, Farmer nos da ciertas indicaciones: habla de un tal William Blake II, descendiente del poeta y pintor William Blake, aunque esta afirmación es discutida y puesta en duda por el miso Farmer. Otro posible familiar sería, siempre según Farmer, el detective Sexton Blake de Baker Street, hermano, aparentemente, de William Blake II.

(Imagen: el detective Sexton Blake de Baker Street, según Eric Parker)
En cualquier caso, sabemos que Franklin Blake, nacido hacia 1825 (es posible que se pueda deducir el año exacto a partir de La Piedra Lunar), era hijo de una Herncastle, hermana del malvado John Herncastle, e hijo de un tal Mr. Blake, abogado que pretendía optar a un título de duque. Este último Mr. Blake pertenece, según he logrado entrever, a una de las muchas ramas del ya de por sí frondoso árbol genealógico de la familia Gulliver, a la que pertenecen el capitán John Hatteras, Phileas Fogg, el Padre Brown, Tartarín de Tarascón, el misionero David Brodie, sir Wade Jermyn, y por supuesto, el célebre cirujano y capitán de barco Lemuel Gulliver.
Al finalizar La Piedra Lunar, Gabriel Betteredge comparte con nosotros la información de que, en noviembre de 1850, la esposa de Franklin Blake (prima de éste, a la sazón, y sobrina de John Herncastle) está embarazada. Esta pista nos conducirá, sin duda, a los Blake que emigraron a los Estados Unidos.
***
Otro personaje a analizar es el del sargento Richard Cuff, de la Brigada de Investigación. Cuff se retira de su labor en 1849, lo que nos da una idea de su edad (debía ser mayor, quizás, que el chevalier Auguste Dupin, y estuvo en activo mucho antes que monsieur Vidocq). Sus poderes deductivos lo emparentan lejanamente con Sherlock Holmes, aunque no he hallado, por el momento, información complementaria alguna que arroje luz sobre este particular.

(Imagen: el sargento Cuff en su jardín de rosas)
Al igual que Holmes, Cuff tiene a su mando a algunos niños que realizan investigaciones para él, esto es, unos antecesores directos de los Baker Street Irregulars. En la novela, aparece un jovencito apodado “Grosella”, cuyo verdadero nombre es Octavius Guy. Cuff le augura un gran futuro en la Policía. Sería todo un reto lograr identificar al niño de 1849 con algún adulto de veinte, treinta o cuarenta años después. Su rasgo físico característico son sus enormes ojos.
También aparece, muy secundariamente, una anciana llamada Mistress Merridew, que tutela a Rachel Verinder (esposa de Franklin Blake), y cuyo apellido nos evoca a “Merridew, de abominable recuerdo”, mencionado por Holmes en La Aventura de la Casa Vacía. Aunque, sinceramente, no sé qué podría tener de abominable esa encantadora anciana...
Los Vandeleur
La revisión del árbol genealógico de los Wild-Noel-Moriarty me ha hecho recordar la existencia de la familia Vandeleur, que aparece largamente en El Diamante del Rajá, una de las Nuevas Noches Árabes de Stevenson, protagonizadas por el príncipe Florizel de Bohemia (sobre el cual, los sherlockianos y holmesianos han hablado mucho en relación con el célebre Escándalo en Bohemia). Curiosamente, hace unos días, mientras revisaba El Sabueso de los Baskerville para la traducción de una obra de Robert Blake, El Ojo en el Laberinto, hallé el apellido de Vandeleur íntimamente relacionado con el criminal de Dartmoor, un tal Stapleton, experto entomólogo. Simplemente esta relación, podría ser objeto de un estudio en mayor profundidad, cuyos frutos, a día de hoy, sólo puedo imaginar. Las fuentes de este estudio, además de las dos obras citadas (El Sabueso y El Diamante del Rajá) son las siguientes: The Secret History of Captain Nemo, artículo del woldnewtoniano Rick Lai; The Other Log of Phileas Fogg, de Farmer (donde aparecen los hermanos Vandeleur); y el estudio de Farmer sobre la genealogía de sir William Clayton incluido en Doc Savage: His Apocalyptic Life.

(Imagen: el entomólogo Stapleton, un caballero problemático... y malvado)
No sería sorprendente, en absoluto, encontrar algo más que una lejana relación de consanguinidad entre John Herncastle y los hermanos Vandeleur, así como con el señor Stapleton: de hecho, no sería descabellado pensar que Herncastle fuera el padre del doctor Sebastian Noel (padre, a su vez, del profesor Moriarty, según determinados estudios), y del mayor de los Vandeleur. Además, hay que investigar la figura de Bernard Huddlestone, mencionada en las Noches Árabes de Stevenson, y desarrollada por Rick Lai en el artículo citado.
servido por sherlockholmes
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