A fotografiar el charco de sangre…
Miles de veces he visto imágenes en televisión y prensa escrita de eso mismo. Pero nunca había tenido que fotografiarlo.
No he sentido nada. He hecho mi trabajo sin dudar. Pensando sólo en el mejor encuadre.
El problema lo he tenido al entrevistar a los familiares de la víctima.
Un pariente ha pedido que dejaran de preguntar. Decían que llevaban dos días sufriendo los avances de la prensa. Cada hora aparecían medios haciendo preguntas sobre el asesinato.
Mi redactora (y digo que es mía porque es la que me pide las fotos) ha seguido preguntando. Otro familiar ha decidido hablar. Aseguraba que se habían dicho mentiras en la prensa y quería aclarar las cosas.
Cuando ha terminado de contar lo que quería, el hombre tenía los ojos llorosos. Pero nuevamente, mi redactora ha preguntado.
Sé que es su trabajo, pero cuando le ha interrogado sobre cuántas puñaladas había recibido la víctima y otros tantos detalles, he sentido el impulso de quitarle el micro y mandarla a callar (cosa que casi hace el familiar). En cambio, he parpadeado varias veces para despejar las lágrimas que amenazaban con formarse, me he puesto mi armadura de frialdad y he seguido echando fotos.
Hasta he logrado disfrutar de mi trabajo.
Nadie (los demás cámaras de video y fotos, así como los periodistas) parecía asombrarse por las preguntas que hacía mi redactora.
Sé que cuando dan una noticia de este estilo, es justo lo que suele hacerse. Se busca a la familia destrozada jurando que no hay justicia en este mundo y los detalles concretos sobre la muerte, apasionan.
Pero no es lo mismo que te asquee frente a la televisión, que estando tú detrás de la cámara. Rodeada de los que “crean” la noticia.
Me estaba sintiendo responsable y no sé muy bien de qué (¿participar?).
Lo mejor ha venido después.
En su empeño en mostrar que la persona fallecida no era lo que contaban los medios al principio, los familiares han dejado que entráramos a la casa, a la habitación de la víctima.
Me he visto echando fotos en su cuarto, a su equipo de música, a sus libros… y no cejaba la sensación de que no debería estar haciendo eso. Es como tocar las cosas de otro.
En eso estaba, haciendo fotos estúpidas, cuando mi redactora le ha pedido a uno de los familiares (el portavoz, digamos) que se sentara en la cama del fallecido para hacerle unas fotos.
Yo me he quedado mirándola, preguntándole el sentido de esa foto. Y se ve que mi cara ha revelado demasiado, porque la redactora ha comenzado a disculparse y una compañera (camarógrafa) me ha quitado la cámara para hacer ella las fotos. Diciéndonos a las dos que no pasaba nada, que siguiéramos trabajando.
Así que he cogido yo la cámara de video y he grabado algunos recursos. Mientras lo hacía, un amigo de la familia me ha contado cosas que habría preferido no escuchar.
Mientras él descargaba su dolor, yo no he dicho una palabra. No sé soltar frases condescendientes ante eso y seguir como si no pasara nada. O todo, o nada.
Y he preferido la nada. Me he mantenido fría mientras él hablaba.
Cuando hemos acabado, yo tenía la sensación de llevar días en ese sitio (hemos tenido que irnos un poco lejos para cubrir la noticia). En el coche, de vuelta, la redactora me ha tocado el brazo, me ha mirado a los ojos y me ha dicho: “Sólo hago lo que me piden”.
Al parecer, todos hacemos lo que nos piden (habría que cambiar “piden” por “ordenan”, pero vale).
Si ha servido de algo esto, es para darme cuenta de que no tendría problemas con fotografiar a un muerto. Después de todo, a él ya le da igual. Pero tendría problemas con fotografiar a los amigos y parientes o, mejor dicho, su dolor.